1 de junio de 2026 — 6.2476° N · 75.5658° O
Lo que el mar enseña sobre la prisa
El mar no tiene prisa y, sin embargo, llega siempre. Esa frase parece de calendario, lo sé. Pero llevo años mirándolo y sigue siendo verdad, y las verdades que aguantan tanto mirar merecen anotarse.
Frente al Caribe uno entiende algo que la ciudad esconde: que hay ritmos que no se negocian. La ola entra cuando le toca. El sol cae a su hora. La marea sube sin consultar tu agenda. No puedes acelerar nada de eso, y la frustración de intentarlo es enteramente tuya, no del mar.
La ilusión del control
En la ciudad vivo convencido de que si me esfuerzo más, las cosas van más rápido. A veces es cierto. Pero confundí esa excepción con una ley, y empecé a aplicarla a todo: a la cocción de un caldo, a una amistad, a un duelo. Y hay caldos, amistades y duelos que simplemente toman el tiempo que toman.
Apurar lo que tiene su propio reloj no lo acelera. Solo lo arruina, y te cansa.
Volver con eso puesto
Cada vez que vuelvo del mar a Medellín traigo conmigo, por unos días, ese permiso: el de dejar que las cosas tarden lo suyo. Se me va gastando, claro. La ciudad lo erosiona. Por eso escribo esto: para tener por escrito lo que el agua me dijo, y poder leerlo cuando se me olvide.
Que será pronto. Siempre es pronto.